Archivo

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Esta sección reúne, a manera de archivo, diversas reflexiones que, sobre la difícil situación que vive Grecia, he ido publicando en los últimos tiempos a la par de los hechos. Han surgido en Atenas, del contacto diario con la calle, con el abuso, con la mentira, con la pasividad, con la impotencia y con la injusticia. Afortunadamente, han encontrado eco en numerosos rincones del ciberespacio, han corrido de blog en blog, han llegado a los medios “oficiales” y, en ocasiones, han regresado en forma de pequeños mensajes para darme la más profunda alegría que puede recibir quien pone por escrito un pensamiento: la de saber que hay alguien, en algún lugar, que agradece leerlo. Todos esos testimonios –los que me apoyan y los que me critican– me han ayudado a comprender mejor el mundo en que vivimos. Por eso merece la pena escribir.

 



 

 

Mi agradecimiento
especial al periódico
La Nueva España ,
al sitio web
La Pasión Griega
   y a todos los que
dan alas a mi voz.

Un obituario adelantado

Últimamente, cada vez escribo menos en este blog que abrí hace siete años para alertar sobre la situación de Grecia. Y no es porque ya no haya nada de lo que escribir, sino porque lo escrito tiende a repetirse hasta la saciedad. Al principio, todo eran advertencias, previsiones, tal vez conjeturas; ahora, hace mucho que se han convertido en realidades, en verdades flagrantes, en hechos incuestionables a los que sólo les hace falta tiempo para convertirse en historia. En ignominiosa historia.

Hoy seré breve. Desde hace cuatro meses, tengo un nuevo vecino en Atenas. Es un anciano enjuto y canoso. Vive en mi calle. En la calle. Entre un monton de harapos y basura que ha ido juntando a su alrededor. Desde hace tiempo, se pasa el día tumbado en un colchón, inmóvil, bajo una manta y una lona de plástico. Tal vez por eso, cuando estoy en la cama, me acuerdo especialmente de él. Sobre todo, los días de tormenta y viento, los días en que se oye golpear la lluvia en los cristales.

Al principio, cuando se movía, le dejé algún dinero, y un poco de comida. Hoy me he agachado a preguntarle al oído si podía hacer algo por él: ayuda para incorporarse, comida, una ambulancia (la ambulancia pregunta si desea ser recogido; Medicus Mundi dice que no lo pueden recoger; el centro de pernocta, que hay lista de espera...)

Da igual. No quiere que lo lleven a ninguna parte. Sólo quería agua, y se la di, tumbado –no puede moverse–, dejándola arroyar por mi mano hasta sus labios ulcerados. Está lleno de costras y de mugre, tiene la piel pegada al esqueleto, los ojos anegados de cataratas y, de cintura para abajo, se está pudriendo en sus propios excrementos. No quiere que lo lleven a ningún sitio. Sólo quiere morir, supongo.

Que ahora no quiera moverse no puede ser motivo para que nos quedemos con la conciencia tranquila. Es seguro que, antes, tampoco quiso verse en la miseria, ni vivir en la calle, ni acabar sus días así. Si tiene suerte, pronto abandonará este mundo y vendrán a recoger su cadáver. Si quienes toman decisiones para organizar la sociedad no han podido hacer nada por que este anciano –su padre– no muera podrido en la calle, yo les exijo que se callen, que al menos se callen, que no nos hablen ni un sólo día más de medidas para el desarrollo, ni de salida a los mercados, ni de nuevos inversores, ni de brotes de esperanza. Que se callen mientras haya uno solo en la calle. Por respeto a sus víctimas. Porque la cara de este hombre a punto de morir es la de su fracaso. La de su estrepitoso fracaso.  

Hoy seré breve. Desde hace cuatro meses, tengo un nuevo vecino en Atenas. Es un anciano enjuto y canoso. Vive en mi calle. En la calle. Entre un monton de harapos y basura que ha ido juntando a su alrededor. Desde hace tiempo, se pasa el día tumbado en un colchón, inmóvil, bajo una manta y una lona de plástico. Tal vez por eso, cuando estoy en la cama, me acuerdo especialmente de él. Sobre todo, los días de tormenta y viento, los días en que se oye golpear la lluvia en los cristales.

Al principio, cuando se movía, le dejé algún dinero, y un poco de comida. Hoy me he agachado a preguntarle al oído si podía hacer algo por él: ayuda para incorporarse, comida, una ambulancia (la ambulancia pregunta si desea ser recogido; Medicus Mundi dice que no lo pueden recoger; el centro de pernocta, que hay lista de espera...) 

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"La estrategia del desarraigo"

Un 11% de la humanidad está ya en guerra, pero hacen falta más refugiados y más desarraigados para reventar las costuras del mapa del mundo y minar la cohesión y la conciencia de las sociedades

Artículo publicado en la revista Contexto (18/1/2017)

Pulse AQUÍ para leerlo en Contexto

Grenica

"Grecia: radiografía de un Estado fallido"

Reflexiones un año después del tercer memorándum: la coyuntura del país sólo es comparable a la de algunos Estados depauperados por el colonialismo y la guerra

Artículo publicado en la revista Contexto (7/9/2016)

Pulse AQUÍ para leerlo en Contexto

foto Pedro Olalla

Esperando a Bruselas. Nota desde Idomeni (19/3/2016)

Lo que hay que hacer –la política comunitaria para con los refugiados– puede que admita discusión, pero lo que no hay que hacer –dar un trato infrahumano a las personas en dicha condición– debería ser indiscutible. Y, sin embargo, esto último es lo que se está haciendo.
Aquí, en Idomeni, frente a una alambrada cerrada, más de diez mil personas, muchas de ellas niños nacidos bajo los bombardeos, esperan durante semanas, hacinados en un barrizal, a que la Unión Europea decida su suerte: si los deja seguir huyendo de la guerra y del abuso, o si los devuelve subrepticiamente a los mismos.
Vergüenza para Europa. Los impuestos que pagamos sus contribuyentes sólo llegan para ofrecer a estos desarraigados policía; sus necesidades perentorias son atendidas mediante voluntariado por la sociedad civil, peligrosamente resignada a contribuir al sistema paliando con altruismo sus “efectos perversos” y los “daños colaterales” de sus decisiones.
Vergüenza para Europa, cuya respuesta no está, ni mucho menos, a la altura de sus responsabilidades. Ellos –los desarraigados–, aun en mitad del barro, conservan todavía su dignidad: nosotros –o quienes toman decisiones por nosotros– la hemos perdido por completo.

 
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