Si, dentro de unos meses, la moneda única y la Unión Europea comienzan a venirse abajo, habrá que "agradecérselo" a Merkel, Sarkozy, Barroso, Draghi, Strauss-Khan, Lagarde y a sus respectivos círculos de influencia. Ellos no son los únicos, claro está, pero en estos momentos son los más visibles.

Ahí donde "Europa unida" era, desde su nacimiento, un sueño frágil e inspirador de múltiples recelos, estos personajes han conseguido en los últimos tiempos minar por completo su "credibilidad" (por usar un término resemantizado por la tecnocracia financiera neoliberal). Y lo han conseguido a base de convertir dudosos postulados económicos en incuestionables dogmas políticos. Bien es verdad que han tenido a su favor una "escuela de pensamiento económico único" con pocos disidentes, unas élites económicas nacionales contentas y beneficiadas de esa situación, una clase política cómplice y partícipe durante demasiado tiempo, unos medios de comunicación muy fieles a la voz de su amo y una ciudadanía dormida en los laureles de un aparente confort.

¿Y ahora qué? En diez años de vida, la moneda única europea ha generado concentración de capital en los países del nucleo duro y deuda en los de la periferia. Ahora, para poder mantenerse en "Europa" o para que "Europa" pueda mantenerse, dicen que hay que rescatar la economía virtual de las finanzas con la economía real de la producción; o peor aún, que hay que pagar la deuda de la especulación financiera y los desmanes de la prolongada connivencia entre la élite económica y la clase política con las conquistas del estado social y de la democracia. Dicen que hay que seguir confiando en el FMI, pese a los más que controvertidos resultados de sus intervenciones en 120 países y a la evidencia de los intereses que de facto representa. Dicen que hay que perseverar en la "lógica" de que el Banco Central Europeo preste dinero a la banca privada a muy bajo interés para que ésta financie al Estado a un interés muchísimo más alto. Dicen que hay que rescatar y recapitalizar a esa banca privada con el dinero de los contribuyentes, al tiempo que a éstos se les suben los impuestos y se les recortan los sueldos, las prestaciones, los derechos y las condiciones laborales en nombre de supuestos "planes de austeridad". Y se atreven a decir, incluso, que hay que elevar a norma constitucional el pago preferente a los acreedores por encima de cualquier prioridad de la ciudadanía o del Estado. Éstas son las recetas para "solucionar la crisis" y para sobrevivir en el caos que ellos mismos han creado. El cinismo es tan enorme que los máximos exponentes de la pleonexía van ahora de apóstoles de la austeridad.

En todo este desastre, una cosa ha quedado bien clara: que Europa no ha conseguido aún ser un proyecto democrático, progresista y solidario. Aunque no lo parezca, ya no tiene sentido seguir perdiendo tiempo hablando cada día de la deuda, de la austeridad y de los rescates. Lo que Europa necesita de verdad es un cambio, un cambio profundo que la convierta de una vez en un proyecto político y social en beneficio de todos y que la aparte de este "master plan" para grandes superficies comerciales que guía últimamente sus pasos, de estas recetas neoliberales que podrán ser válidas para crear negocios lucrativos pero que no valen para organizar sociedades. Europa necesita urgentemente un cambio de signo si quiere sobrevivir a lo que se le viene encima. Las segundas elecciones de Grecia, la amenaza a la continuidad del euro y lo que está bullendo ya en los países a los que los cerdos llaman PIGS, no deja lugar a dudas y advierte de que queda poco tiempo, tal vez menos de lo que parece. Y basta ya de bravatas insensatas en boca de falsos salvadores. Esta gente que nos vende "miedo a salir del club" está dinamitando Europa.

Artículo publicado en La Vanguardia (31/5/2012)

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