Artículo publicado en El País (Internacional), el 8 de mayo de 2012

En los últimos dos años, al pueblo griego le han sido ya escamoteados dos importantes plebiscitos: uno, para pronunciarse sobre su deseo de someterse o no a un plan de rescate que ha hipotecado seriamente su presente y su futuro y que le ha obligado a contratar uno de los mayores préstamos de la historia de la humanidad (decisión que tomó el Gobierno de Papandreu sin siquiera la aprobación del pleno parlamentario); y otro, para elegir democráticamente un nuevo Gobierno tras la retirada de Papandreu, derecho que le fue canjeado por un Ejecutivo diseñado a conveniencia de los rescatadores y encabezado por Lukas Papademos.

Este domingo sí que hubo un referéndum, si bien es verdad que convocado de forma tan apresurada que, entre el cierre de las listas de partidos y el momento del voto, mediaron solo 17 días. Todo indica que era un referéndum pensado para propiciar el continuismo, mantener el statu quo y darle a la política que se viene haciendo un cierto marchamo de legitimidad democrática.No es que el tiro haya salido por la culata, pero algo no salió como estaba previsto. Dejando aparte el importante ascenso de la ultraderecha nazi —que pone de manifiesto que entre el electorado descontento hay mucha gente insolidaria, racista y manipulable—, el verdadero elemento de distorsión es ese segundo puesto alcanzado por la coalición de izquierda Syriza. Este partido ha capitalizado el voto pragmático de buena parte de los disidentes del dogma político de la austeridad y los rescates. Ha dado una razonable opción de voto a los muchos ciudadanos conscientes que protagonizaron las más de 2.000 movilizaciones que han tenido lugar en los dos últimos años. Veremos ahora qué margen y qué capacidad de acción le queda para tratar de subvertir esta política y de enviar un contundente mensaje a Europa.

Estando las cosas como están, con tantas y tantas movilizaciones, con un 28% de la población bajo el umbral de la pobreza, con el cierre de decenas de miles de empresas, con un paro que aumenta vertiginosamente cada día, con una deuda que crece a base de intereses sobre intereses, con una soberanía cada vez más débil, con un Estado social y de derecho desmantelado para pagar la deuda de la especulación y los desmanes de la clase política..., la gran derrota de estas elecciones es que la disidencia frente a todo esto no haya sido capaz de organizarse a tiempo en un frente común antirrescate, no haya sido capaz de trazar una línea de mínimos que permitiera la unidad para conquistar democráticamente el Gobierno.

Por desgracia, para poder subvertir este sistema perverso, la sociedad tiene que radicalizarse más en sus convicciones, hacerse más política en el sentido participativo, y, sobre todo, superar la mera condición de súbdito para acceder a la de ciudadano, a la de portador activo de la esencia política de la democracia. Ya el viejo Solón, el padre de la democracia ateniense, dispuso con acierto retirar los derechos políticos a aquellos ciudadanos que no se implicaran en las cuestiones públicas y se quedaran en su casa esperando con indolencia a ver quién gana.

 

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