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Esta sección reúne, a manera de archivo, diversas reflexiones que, sobre la difícil situación que vive Grecia, he ido publicando en los últimos tiempos a la par de los hechos. Han surgido en Atenas, del contacto diario con la calle, con el abuso, con la mentira, con la pasividad, con la impotencia y con la injusticia. Afortunadamente, han encontrado eco en numerosos rincones del ciberespacio, han corrido de blog en blog, han llegado a los medios “oficiales” y, en ocasiones, han regresado en forma de pequeños mensajes para darme la más profunda alegría que puede recibir quien pone por escrito un pensamiento: la de saber que hay alguien, en algún lugar, que agradece leerlo. Todos esos testimonios –los que me apoyan y los que me critican– me han ayudado a comprender mejor el mundo en que vivimos. Por eso merece la pena escribir.

 



 

 

Mi agradecimiento
especial al periódico
La Nueva España ,
al sitio web
La Pasión Griega
   y a todos los que
dan alas a mi voz.

Hace ahora un mes, comenzaba a escribir esta serie de artículos sobre la situación de la “crisis” en Grecia con uno titulado “La alerta griega”. En él sostenía que la crisis de Grecia no es sólo de Grecia, que lo que está ocurriendo aquí no es una mera crisis de carácter local, sino un efecto más de un perverso proceso de especulación de alcance global basado en la obtención de lucro a partir del endeudamiento. Recordaba también que uno de cada cinco dólares de la deuda conjunta de todos los países del mundo se le debe al FMI y el Banco Mundial.

Ya se sabe que, peor aun que las mentiras, son las medias verdades; porque, oculto en la atractiva cápsula de la verdad, tragamos también el fatídico veneno de la mentira.

 

Apenas cuatro frases –unos escasos fragmentos de Eurípides, Isócrates, Demóstenes y Polibio– nos dan a conocer una virtud –también escasa– que los antiguos atenienses reclamaban como necesaria para el sostenimiento de la democracia: la parrhesia. Mientras que la isegoria era un derecho –el derecho a la igualdad en el uso de la palabra–, la parrhesia era algo más: una virtud, la virtud de atreverse a usar la palabra para decir la verdad. Cuando la democracia se tambalea por falta de parrhesia en la misma ciudad en que nació, es momento de reflexionar sobre el sentido de estas antiguas voces.

En los últimos días, hablando de responsabilidades en la actual crisis griega, no ha faltado quien ha dicho que la culpa, en el fondo, es del pueblo, pues la historia se encarga de que, con el tiempo, cada pueblo tenga lo que se merece. Esta conclusión, a la que estoy dispuesto a conceder un fondo de verdad, necesita no obstante que sean demarcadas con precisión las líneas que la separan de la frivolidad y del cinismo.

 

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