De repente, el mundo ha descubierto que Gaddafi es un tirano sin escrúpulos. De repente, los fariseos se rasgan las vestiduras se lanzan a la guerra invocando sin pudor la democracia y la dignidad humana. De repente, se hace el olvido.

 

Así, por ejemplo, Francia se olvida de los muchos contratos millonarios firmados con Gaddafi en los últimos años. Inglaterra se olvida de que fue ella quien adiestró a los cuerpos de élite del dictador y de que, hace apenas semanas, David Cameron recorría Oriente Medio acompañado de los directivos de BAE, Rolls Royce y Thales promoviendo la venta de armamento. Italia esconde las fotos de Berlusconi besándole la mano al coronel en un gesto de gratitud por el olvido de su pasado colonial, por la compra de aviones y helicópteros y por las suculentas inversiones en millones de petrodólares. Estados Unidos olvida el armamento pesado que ha vendido a Gaddafi durante las últimas décadas, incluidos los ocho aviones C-130 que la compañía Lockheed Martin cobró hace cuarenta años y no ha entregado aún al dictador. Israel olvida que su compañía CST Global acaba de hacer un negocio redondo armando a los 50.000 mercenarios africanos enviados en ayuda de Gaddafi. España olvida la amistad y el apoyo moral del presidente Aznar a Muammer, sus monterías juntos en Al Andalus, el té del dictador con Zapatero en las jaimas del desierto, la visita oficial del Rey al coronel para apoyar los negocios de las empresas españolas en Libia o las armas vendidas a Libia hace apenas tres años por valor de 1.500 millones de euros. Y Grecia olvida que, hace menos de un año, Papandreou, desempolvando la vieja amistad de su padre con el coronel Gaddafi, acudía a Libia para mendigar inversiones de doscientos mil millones de euros que ayuden a salir de esta “crisis” y a pagar la vergonzosa deuda contraída con los prestamistas de la eurozona y el Fondo Monetario Internacional. De repente, toda Europa parece olvidar que en los últimos años sus fábricas de armas han ingresado cientos de millones de euros por la venta del armamento ligero con que ahora Gaddafi masacra a su pueblo.

 

Ahora, si te he visto no me acuerdo. Hasta las estrellas del pop que por un millon de dólares actuaban en las fiestas privadas de la familia del dictador (Beyonce, Usher, Mariah Carey, Nelly Furtado…) quieren ahora que se las trague la tierra.

Es triste, pero Gaddafi tiene hoy muchos motivos para sentirse traicionado. De repente, se ha vuelto malo y los buenos le han declarado la guerra. Una guerra que servirá, sin duda, para que los de siempre pesquen en río revuelto, para que el petróleo cambie de manos, para acomodar nuevamente el poder a ciertos intereses, para que las armas sigan siendo tan caras y tan imprescindibles, y para que mueran los que no saben nada. Si nada cambia de verdad, si el fondo del sistema sigue igual de corrupto, toda invocación a la democracia y al humanitarismo es una hipocresía y una farsa.

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