Durante el mes de mayo, cuando “estalló oficialmente” la crisis en Grecia, comencé esta serie de artículos para argumentar sobre la indignación de la ciudadanía griega y prevenir desde una perspectiva ética sobre la marea de especulación global que está llegando a Europa. Entonces, el discurso político y mediático de España era decir, en tono de alivio, que “España no es Grecia”, que nuestra cuenta de resultados es mejor (aunque el paro sea el doble) y que los griegos, en el fondo, se merecen lo que ahora les pasa por ser vagos y díscolos y propensos a huelgas y manifestaciones. Espero que lo sucedido en España y Europa en los últimos meses nos haya ido ayudando a entrar en razón.

 

¿Qué es lo que está pasando? Hagamos una pequeña reflexión histórica. Desde tiempos inmemoriales, el poder ha estado casi siempre tomado por los administradores de la fe –cualquiera que haya sido–, y, en muchas latidudes, la humanidad aún sigue luchando por hacerlo laico.

 

Hasta tiempos recientes, fueron los militares quienes tomaban el poder por la fuerza cada vez que se lo proponían, y sus golpes de Estado tenían tanta “legitimidad” que se llamaban simplemente “pronunciamientos”, como si expresaran una voz reprimida y soberana.

Hoy los golpes de Estado los dan los financieros. Y lo hacen con tanta naturalidad y tan impunemente que los terribles efectos de su inmoralidad son percibidos por la sociedad con la misma resignación y la misma indolencia que si fueran los efectos de la primavera. ¿Es que no vemos lo que está pasando? ¿Se imaginan ustedes a los gobernantes de un hipotético país moderno y democrático rindiendo pleitesía y cuentas, con las orejas gachas y el rabo entre las piernas, ante la Conferencia Episcopal o la plana mayor del Ejército, y aplacando su ira y su codicia con la riqueza y con el sacrificio de los ciudadanos? Pues eso, exactamente, es lo que están haciendo nuestros gobernantes ante los financieros de Bretton Woods, los de Wall Street y los magnates de Bildenberg: ir con la risa temblorosa de los súbditos a rendirles cuentas de lo bien que acatan sus mandatos y aplican sus recetas de gobierno, a entregarles la sangre que nos chupan ahora como prestatarios después de haberles entregado ya generosas ofrendas de sangre en forma de “socorro a la banca”.

Para pagar la deuda contraida con estos nuevos golpistas (España ya les debe 2,7 veces el PIB), nuestros políticos recortan salarios y pensiones, proceden a despidos masivos y destruyen las conquistas laborales, imponen la privatización, venden a inversores extranjeros los recursos naturales y las más rentables empresas públicas, aumentan los impuestos indirectos en bienes de consumo (IVA), exigen austeridad y efectúan recortes en las prestaciones sociales y sanitarias. Y todo sacrificio es poco para pagar la deuda.

Sin embargo, sólo con que se aplicara a nivel global una tasa sobre las transacciones financieras internacionales (TTF) del 0,1%, podrían recaudarse más de 600.000 millones de euros anuales sin tocar el bolsillo de los contribuyentes ni el hambre de los pobres. Pero esto no se hace –debe de ser inmoral– y en medio de la crisis creada fundamentalmente por los financieros y los especuladores, son los pueblos los que, liderados por su sumisa y connivente clase política, acuden al rescate del sector financiero mientras éste aumenta exponencialmente cada año sus beneficios gracias a la “globalizacion” que ha creado a su medida. Así de absurdo y así de cruel.

Nos “venden” la globalización como si se tratara de un proceso natural como la lluvia y no de un plan perverso diseñado a la conveniencia de unos cuantos para esclavizar económicamente a la humanidad. La sociedad europea, que está muy dormida y muy acomodada en la gestión política de sus falsas democracias, necesita radicalizarse en sus convicciones y reaccionar con decisión ante los nuevos golpistas. Reconozco que soy “anti-sistema”, porque no entiendo cómo, en un mundo en el que doscientas empresas acumulan mayor riqueza que cien países, alguien solidario puede seguir siendo “pro-sistema”.

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