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La madrugada del martes al miércoles, unos desconocidos –extranjeros morenos, según testigos presenciales– asesinaron en el centro de Atenas a un hombre de 44 años y nacionalidad griega para robarle una videocámara. La madrugada del miércoles al jueves, dos desconocidos –ultraderechistas griegos, según testigos presenciales– asesinaron en el centro de Atenas a un hombre de 21 años y nacionalidad bengalí, en ciega represalia por el asesinato de la noche anterior. Hoy jueves, a las cuatro de la tarde, un grupo de vecinos del barrio donde sucedieron los hechos emprendía una marcha abucheando al Parlamento, coreando las consignas “¡Fuera de Grecia los extranjeros!” “¡Grecia para los griegos!”, portando banderas blanquiazules y entonando el himno nacional.

Falsos silogismos llevan a algunos a pensar que, si los asesinos de la primera víctima eran extranjeros, todos los extranjeros son potenciales asesinos. Idéntico silogismo podría conducir a la idea de que, si los asesinos de la segunda víctima eran griegos, todos los griegos son potenciales asesinos. A nadie se le ocurriría afirmar lo segundo, pero muchos parecen impulsados a la acción por lo primero. Y ambos silogismos son una estupidez suprema. La verdad es que los asesinos son los asesinos, y que las víctimas son las víctimas, siempre, no importa si son griegos o extranjeros.

Esta mentalidad estúpida hace retroceder las conquistas históricas. En vez de reclamar derechos, justicia e igualdad, se sigue reclamando identidad, exclusión y diferencia. La diferencia es algo natural entre los individuos de la especie humana; en cambio, la igualdad es una conquista, una victoria de la especie humana sobre sus más bajos impulsos y sobre las identidades que nos vienen impuestas. Sólo sobre la igualdad –nunca sobre la identidad– puede construirse la justicia y la dignidad humana.

Tristemente, los días que ahora se avecinan volverán a desatar en Atenas y en Grecia los nefandos discursos sobre la identidad y la diferencia, acallarán a los que claman contra el abuso y la injusticia sin rasgos de color, y es probable que hagan correr la sangre en nombre de la patria y la pureza. Y yo, que soy un extranjero y vivo en Grecia por propia voluntad, habré de oír muchas veces “¡Fuera los extranjeros!” “¡Grecia para los griegos!”. Pero seguiré pensando que la Grecia que amo –y la que ha sustentado hasta hoy el prestigio de su nombre– no es una patria de la tierra ni de la sangre, es una patria del espíritu que nos impulsa desde siempre a ser mejores, y que los valores que esa Grecia defiende son universales.

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