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Desde aquí, desde Atenas, alienta ver que una parte significativa de la sociedad española ha decidido por fin movilizarse. Desde aquí, desde la agitada Atenas, alienta comprobar que también en España hay ciudadanos que salen a la calle a alzar su voz en nombre de ese ideal eternamente revolucionario llamado democracia.

Desde que se empezó a hablar de la crisis y del plan de rescate, las calles de Atenas han estado semana tras semana repletas de manifestantes que claman contra las medidas adoptadas para combatir una "crisis" que no es en realidad una crisis económica, sino una crisis moral y una crisis estructural de la democracia. Casi mil movilizaciones ciudadanas en menos de año y medio, que en su mayoría han sido disueltas a base de gases lacrimógenos comprados con el dinero público a grandes compañías fabricantes de armas.

Lo que está ocurriendo aquí no es una mera crisis de carácter local, sino un efecto más de un perverso proceso de especulación de alcance global basado en la obtención de lucro a partir del endeudamiento. Y es que el capital, que gana dinero fomentando la "crisis" y la deuda, tiene cada vez un mejor aliado en los gobiernos –ya sea por connivencia, ya por coerción–, y esa alianza, de espaldas a la ciudadanía, está socavando la verdadera democracia y haciendo realidad una creciente y alarmante apropiación de parcelas de poder y de soberanía por parte de las entidades financieras y de los impulsores del capitalismo globalizado. Ésta es la razón por la que, mientras no haya una reforma ética y una reforma estructural de nuestras democracias, todos los esfuerzos y los sacrificios de los pueblos para pagar este tipo de deudas serán esfuerzos y sacrificios para perpetuar un sistema perverso y nunca para subvertirlo.

Es precisamente por esa reforma profunda de nuestras democracias por lo que hay que salir a la calle. Que se enteren de ello quienes ironizan diciendo que los manifestantes de la Puerta del Sol no tienen argumentos ni propuestas o que son marionetas de una maniobra electoral de ciertos partidos. Hay que salir a la calle a reformar la democracia desde dentro, ejerciendo la ciudadanía. Hay que salir a la calle porque la democracia, en casi todos los países donde existe, se está viendo restringida a un juego político al margen de la ciudadanía, a una lid donde toda estrategia va orientada a mantener al gobernante en el poder o a ayudarle a conquistarlo, y donde los provechos eventuales que la política reporta al pueblo parecen meros efectos colaterales de esta única obsesión. Hay que salir a la calle a proponer y defender ideas progresistas para que mañana puedan parecer derechos incuestionables. Hay que salir a hablar y a escuchar, para que la voz pueda llegar a convertirse en acción política.

Lo que hoy está ocurriendo en Madrid o en Atenas pone de manifiesto que la ciudadanía de nuestras democracias necesita más voz. Porque la verdadera revolución de la democracia –y su sentido último– es liberar a los individuos de la condición de súbditos y elevarlos a la de ciudadanos, a la de portadores conscientes y participativos de la esencia política de la sociedad. Para que la verdadera democracia sobreviva, la ciudadanía debe tener más vías de expresión que el voto, el sindicato y la reyerta. Hay que crear nuevas estructuras, nuevos canales intermedios que den a la ciudadanía participación organizada y cotidiana: observatorios políticos, comisiones de investigación independientes, plataformas de propuesta y de denuncia, foros de expresión libres, herramientas contra la demagogia... Y los gobiernos deben prestar oídos a esa voz, porque si no lo hacen, sólo habrá grito.

Para salvar la democracia, dos cosas son imprescindibles: globalizar la resistencia solidaria a su desmantelamiento actual y conquistar de nuevo el ágora. Puerta del Sol, saludos desde Atenas.

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