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El invierno se recrudece, el litro de gasóleo para calefacción está ya a un euro y hay más de 30.000 personas viviendo en la calle. La “crisis” ha llenado el país de policías y de necesitados. Entretanto, lo que estos días ocurre en las famosas reuniones del “gobierno de consenso” y en sus famosas negociaciones con la Troika, sólo puede ser descrito con propiedad utilizando los peores calificativos: farsa, estafa, traición.

 

Un gobierno sin legitimidad, impuesto por los acreedores para salvaguardar propios sus intereses, no debería poder sellar en nombre de un país pactos sibilinos que lo comprometan durante generaciones, lo desposean de sus recursos y su soberanía y lo dejen sumido en la caquexia. Sin embargo, los “padres de la patria” están “negociando”. Loukas Papadimos –ex gobernador del Banco de Grecia en el momento en que, según se dice, el gobierno griego falseaba las cuentas para entrar en el euro con la ayuda de Goldman Sachs y su entonces vicepresidente Mario Draghi–, Georgios Papandreou –quien en sus dos años de gobierno, y contra todo clamor popular, no hizo sino lo imposible por meter a Grecia en los onerosos planes de rescate del FMI y sus aliados europeos–, Antonis Samaras –quien profiere calculadas bravatas farisaicas sin apartar ni un momento las miras de su ambición de presidencia– y Georgios Karatzaferis –colaboracionista que pesca en río revuelto para contento de la ultraderecha– están “negociando” por el interés de la nación.

 

La verdad es que no negocian nada. Tan sólo menudencias debidamente maquilladas de cara a la galería (como la “salvación” de la 13ª y 14ª paga, cuando, en cifras reales, se ha perdido ya la 12ª y parte de la 11ª, por no hablar de la tremenda pérdida de poder adquisitivo, que llega en muchos casos al 50%), para dar la impresión de que se afanan por la suerte del pueblo y hacer tardíos y patéticos “méritos” de cara a las próximas elecciones. Nada de los que estos impostores “negocian” significará un cambio de rumbo, un cambio de política, un cambio de sistema. Sólo más sacrificios para alimentar un sistema perverso y nunca para subvertirlo.

El pueblo griego debe reaccionar masivamente y quitarse de encima a quienes han llevado las cosas a este punto. El nuevo plan de rescate volverá a fracasar, como ya ha fracasado el anterior, porque está diseñado para ello a conveniencia de los acreedores y de sus aliados. Grecia nunca saldrá de la crisis por el camino del empréstito y eso está calculado. Volver a ser “rescatados” no es sino dar un funesto paso más hacia el colonialismo financiero. El final del camino –ya próximo por esta vía– será una Grecia sin democracia ni soberanía, hundida en un medievo laboral y social, con sus muchos recursos naturales en manos de imprecisas sociedades de inversión y con “zonas de economía especial” cedidas al control de los acreedores. Esto, que hablando de Europa suena a catastrofismo, es ya una realidad en muchos rincones del planeta.

Grecia tiene que plantarse y tomar con decisión las riendas de su destino. Ya se ha perdido mucho tiempo y se han dado muchos pasos errados. O hacemos una suspensión de pagos sin salir del euro aunque revienten los acreedores y los “mercados”; o la hacemos saliendo del euro y dejándolo aún más debilitado y expuesto a su desaparición, pero recuperando el control sobre la moneda y sobre la política económica. Con todas sus consecuencias. Pero nada de PSI, de derecho británico, de incentivos a la banca, de supervisores alemanes, de nuevas extorsiones, de nuevos préstamos ni de colonialismo financiero. Basta ya de “rescates” con condiciones que no fueron impuestas ni a la Alemania nazi cuando perdió la guerra.

Este fin de semana, en la calle, Grecia tiene que decir “¡Basta!”, y, por el bien común, ojalá se le unan muchas voces de fuera.

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