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Una de las acciones que abrió definitivamente paso al nacimiento de los conceptos de dignidad humana, ciudadanía y democracia fue la seisachtheia, la denodada decisión de suprimir entre los atenienses la esclavitud por deudas. Esta sola idea sería por sí misma un argumento suficiente para dar pleno sentido a los “Diálogos de Atenas”, la valiosa iniciativa de la Fundación Onassis que reúne estos días en la capital griega a intelectuales de diversos países con objeto de reflexionar acerca del potencial actual del “espíritu griego” para mejorar el mundo en que vivimos.

 

En el mundo de hoy, la seisachtheia, esa medida de Solón tomada hace ya casi 2.600 años, sigue siendo, muy lamentablemente, una idea revolucionaria. No sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que, hoy día, el objetivo último de los poderes fácticos que han alumbrado la globalización es, precisamente, esclavizar económicamente a la humanidad a través de la deuda.

 

Curiosamente, cuando en la ceremonia inaugural de estos “Diálogos de Atenas” se saludó esta iniciativa desde instancias políticas como una acción urgente y necesaria en estos tiempos de crisis, no se hizo mención alguna a los verdaderos creadores de la deuda ni a los que se enriquecen especulando con ella. Lo que es en realidad un ataque económico volvió a ser presentado como una “crisis” natural, y a ser conjurado lastimeramente como si se tratase de una plaga de langostas o de un imprevisible tsunami.

Tristemente, el discurso oficial es presentar la crisis como un fenómeno profundo y misterioso originado en una universal falta de ética cuya perversidad se ha propagado a la esfera política para acabar teniendo catastróficas –aunque “merecidas”– consecuencias económicas. Sin embargo, en la realidad, las responsabilidades fluyen a la inversa: ese fenómeno que llaman “crisis” tiene su origen en la falta de ética de una minoría muy concreta que, habiendo conquistado por la vía económica grandes parcelas del poder político, lanza sobre la población mundial un ataque generalizado en forma de deuda.

Resulta bochornoso e indignante escuchar el discurso oficial de la clase política y ver cómo los supuestos representantes de la soberanía del pueblo se postran sumisos ante los magnates económicos y acuden con la risa temblorosa de los súbditos a rendirles cuentas de lo bien que acatan sus mandatos y aplican sus recetas de gobierno. Pero, hablando de diálogo, aún es más alarmante que las voces supuestamente críticas no se levanten contra esa falacia con la perspicacia y la valentía que cabría esperar.

Si el proceso de crisis tiene un origen ético, está primordialmente en la ausencia de valores y escrúpulos de quienes lo promueven y no en la supuesta “inmoralidad generalizada” de la inmensa población a la que le toca soportarlo. No quiere esto decir que no haya nada que cambiar. Todos estamos de acuerdo en que hay que racionalizar la función pública, en que hay que evitar la evasión fiscal y en que hay que poner freno al despilfarro y el abuso del dinero de todos. Pero que no nos vendan mentiras con esas verdades; que no nos vendan la falacia del “camino único” y la mentira infame de que la única forma de crear riqueza y de distribuirla con justicia es avenirse a los dictados de los monopolios del poder y del dinero. Que no nos vendan un discurso envenenado que encierra la misma hipocresía que una campaña pacifista promovida por los fabricantes de armas.

En nuestra sociedad hay mucho que cambiar. En un sistema que permite que un puñado de doscientas empresas acumulen más riqueza que cien países juntos, hay mucho que cambiar. En una sociedad global en la que los países del Tercer Mundo deben a los del Primero en concepto de deuda siete veces más de lo que reciben en supuesta ayuda al desarrollo, la seisachtheia es aún una grotesca quimera. Y a cambiar todo eso debe contribuir el diálogo, el derecho de la isegoría o libertad para expresarse, y, más aún, la escasa virtud de la parrhesía: el valor de atreverse a usar la palabra para decir la verdad.

«Ο βουλόμενος» que tome la palabra, porque aún tenemos que conquistar la verdadera democracia, aún tenemos que formar un demos de ciudadanos libres y conscientes de su dignidad, aún tenemos que construir un ágora, aún hay que conquistar la verdadera isonomía, alcanzar la justicia social que haga posible la isopolitía y construir, en fin, un mundo alejado del dogma y sujeto alcuestionamiento, a la ética, a la estética, a la justicia y a la libertad.

Definitivamente, el espíritu griego tiene aún mucho que hacer, mucho que resistir contra la barbarie.

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