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Ayer, domingo, tuvieron lugar las esperadas elecciones en Grecia. Para el establishment griego y europeo, el objetivo de los anteriores comicios de mayo no fue otro que el de legitimar a través de las urnas la política impuesta hasta el momento de forma coercitiva y antidemocrática desde el nucleo neoliberal europeo. Ese objetivo, sin embargo, no se alcanzó entonces, pues la disidencia frente a la actual política de austeridad y rescates logró agruparse parcialmente bajo el voto de Syriza y transformar su descontento en una opción electoral capaz de poner en peligro el status quo del bipartidismo colaboracionista. Como no hubo consenso para formar gobierno, fue necesario repetir los comicios.

Desde entonces hasta ayer mismo, fecha de la segunda votación, el protagonista absoluto de todo este proceso ha sido el miedo. El miedo del bipartidismo secular a ser apartado del poder político, el miedo de las élites beneficiarias a que se acabe el juego, el miedo de unos y otros a que se abran procesos y se depuren responsabilidades con nombres y apellidos, y el miedo de Bruselas y Berlín a perder sus lacayos en Grecia y a que un peligroso precedente se interponga en el camino de su, hasta ahora, implacable plan de conquistas a través de la deuda. Todo ese miedo se vio canalizado hacia el electorado en una operación de guerra psicológica de proporciones orwellianas: la amenaza de abandonar el euro, de ser expulsados del espacio Schengen, de ser apartados de Europa, de caer en la bancarrota absoluta, de ser atacados por Turquía, de quedarse sin alimentos ni medicinas, de volver irremediablemente a las cavernas. Mientras la mayoría de los medios griegos y europeos propalaban estos tendenciosos vaticinios de muy discutible base, Nueva Democracia recorría el país buscando puerta a puerta a sus votantes y recordándoles a muchos los favores recibidos. Por todo esto, estas elecciones pasarán a la historia como las más contaminadas y las de mayor injerencia externa desde la creación de la Unión Europea.

¿Y cuál ha sido el resultado? La opción mayoritaria: la abstención, fruto del desencanto, del agotamiento, y, en muchos casos, de la irresponsabilidad ante una coyuntura tan crucial. Después, un nuevo gran ascenso de Syriza, que bien podía haber ganado con un poco más de apoyo de quienes se oponen a la política de rescates. Y, por último, un triunfo de Nueva Democracia, con el 30% de los votos, que abre el camino al continuismo y tranquiliza a los acreedores y mercados. Si, pactando con el PASOK, Nueva Democracia llega a formar gobierno, Grecia estará regida nuevamente por quienes la han llevado al caos en el que está, por quienes en los dos últimos años no se han atrevido a aparecer en público, por quienes han mostrado reiteradamente su incapacidad y han dejado bien claro los intereses a los que sirven.

Es el triunfo del miedo, y ahora, para poder gobernar sobre una población que en su gran mayoría no se verá benefeciada en absoluto de las políticas que piensan aplicarse, será necesaria también la represión. Mucha represión. Es lo que viene hasta que la ciudadanía de Europa –de esa Europa que "respira aliviada" en las portadas de la prensa de hoy- despierte de una vez y se ponga a pensar en lo que se ha quedado su sueño.

Artículo publicado en La Vanguardia (18/6/2012)

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